
Muy queridas Hermanas,
Al clausurar nuestra Duodécima Asamblea Capitular Ordinaria, celebrada en el ámbito del Misterio de la Encarnación del verbo, llegamos a Ustedes con el corazón jubiloso y esperanzado, para compartirles la experiencia de lo grande que ha sido Dios con nosotros en este acontecimiento Congregacional.
Reciban nuestro saludo fraterno, con las mismas palabras del Amado Fundador: “No olviden mis amadas hijas que están llamadas a la santidad y que vuestras caridades, tienen que estar en marcha por ese camino, y no amarradas al puerto esperando que les indicarán otro rumbo del que al entrar hallaron: Es el itinerario de su vida religiosa que sin vacilación deben acometer…Resolución, ánimo, valor, que Jesús está con vosotras, y yo también os llevo continuamente en mi corazón; suplidme, suplidme en mi ausencia, y sed perfectas”.
A la luz del objetivo General del Capítulo: “AL IMPULSO DEL ESPÍRITU SANTO Y A LA LUZ DE LA REALIDAD DE LA IGLESIA Y DEL MUNDO, EVALUAR, ORIENTAR Y PROYECTAR EL CAMINAR DE LA CONGREGACIÓN CON MIRADA PROFÉTICA EN FIDELIDAD AL EVANGELIO Y AL CARISMA FUNDACIONAL”, palpamos la realidad de la Congregación con sus signos de vida y sus falencias y buscamos la voluntad y el querer de Dios, con el fin de responder al SER Y AL QUEHACER misionero del Instituto.
En un grato ambiente de oración, de cercanía, calidez humana, confianza, sinceridad, libertad y discernimiento; para sopesar cada una de las decisiones tomadas, fueron el camino y la metodología para desarrollar cuanto teníamos programado en esta Duodécima Asamblea Capitular. Tejiendo y retejiendo el caminar Congregacional, con el lema que iluminó nuestro año capitular: “Dar a Jesús almas… he ahí vuestra vocación” y el tema: Pasión por Cristo, Pasión por la humanidad.
Cuatro ejes sustentaron todas estas jornadas de oración y de estudio:
Un caminar desde Cristo, dejándonos conducir por el Espíritu, hasta llegar a la unidad perfecta del cuerpo de Cristo.
Nuestra Vida tiene que hacerse a impulsos del Espíritu santo, con plena docilidad a su acción siempre nueva y creadora. Sólo Él, puede mantener constantemente la frescura y la autenticidad de los comienzos y, al mismo tiempo infundir el coraje de la audacia y de la creatividad para responder a los signos de los tiempos.
Es preciso, por tanto, dejarse conducir por este Divino Espíritu, al descubrimiento siempre nuevo de Dios y de su Palabra, a un amor ardiente por Él y, por la humanidad, a una nueva comprensión del carisma recibido. Nuestro corazón ha de estar orientado por una fuerte experiencia de Dios, que nos lleve a una búsqueda constante de su voluntad, si queremos avanzar por el camino de la fe y de la vocación, a la que fuimos llamadas.
Hemos constatado que la Vida religiosa es una experiencia de cristificación en la cual se vive de su Palabra, se goza de su presencia y se participa de su misión salvífica. La experiencia del amor a Jesús nos debe llevar a un seguimiento radical, haciendo y conociendo lo que Jesús haría. Es nuestra invitación, Hermanas, a que juntas retomemos un camino de conversión y de renovación que como en la experiencia primera de los apóstoles, podamos ser también nosotras “Experiencia viviente del modo de existir y de actuar de Jesús” como Verbo encarnado ante el Padre y ante los hermanos.
La consagración por los Consejos Evangélicos, implica asumir en radicalidad, sin rebajas, el estilo de vida del Señor Jesús; exige “tomar la cruz y seguir sus huellas” e irse identificando con Él cada día más. En su seguimiento, se nos va gravando su marca en el rostro, en las manos, en los pies… nos vamos cristificando. Las marcas propias de la Vida Consagrada están en relación directa con estas tres marcas de la vida de Jesús: las que proceden de su pobreza, de su virginidad y de su obediencia.
El seguimiento radical es imposible vivirlo sin renuncias y no puede ser auténtico si no conduce a ellas. El mundo de hoy necesita signos y hemos de presentárselos en una vida entregada de verdad, que sea transparencia del amor de Dios.
Para poder llegar a la comunión es preciso que todas comulguemos con lo esencial. Es preciso que todas hayamos encontrado el tesoro, la perla preciosa y estemos dispuestas a venderlo todo por conseguirlo. Es preciso compartir la misma pasión por los valores evangélicos, adoptar el mismo proyecto de vida y el mismo entusiasmo por la causa de Cristo.
Dejémonos penetrar profundamente por el Espíritu, compartamos con los demás lo que somos y tenemos, viviendo en la mayor sencillez y austeridad posible, ese carácter de luz y de sal de los seguidores de Jesús y vamos tatuando en nostras la pasión por Cristo y por la humanidad.
Hagamos nuestro camino de fraternidad en la compañía amorosa de la santísima Virgen Reina y Madre Inmaculada; aprendamos de Ella, el Sí, generoso y comprometedor que inauguró la era del amor en la tierra, y dió un rumbo nuevo en la historia de la salvación.
El Sí de María firme y rotundo, nos imprime el golpe decidido y feliz del Sí al amor, a la fraternidad, a la concordia, a la solidaridad, al servicio y comunión del amor pleno, a la presencia de Jesús en cada una y a su plenitud entre nosotras.
El Sí de María aceptado, asumido y asimilado, pisa fuerte nuestro yo, bajo el talón y lo mantiene vencido para que el amor cree y recree fraternidad por doquier.

Estamos en una época nueva, con gente nueva, con técnicas nuevas, en donde se hace necesario encarnarnos para que surja una vida nueva, creadora de nuevos métodos, en donde se entienda más el testimonio que la palabra.
La Misionera Teresita debe ser buena noticia, proclamación del amor de dios al hombre, para dar razón de la vida, de la esperanza. Ser portadora de esa Buena Noticia y por lo tanto, de Cristo.
El mundo necesita de los profetas del Evangelio, para aquellos que aún no lo conocen, para los que conociéndolo no lo aman y para quienes están ansiosos de recibir la Palabra de Dios.
Si la vocación es una simiente, toca cuidarla, desarrollarla y llevarla a la plenitud de una cosecha abundante, tarea que se realiza permanentemente mediante una acertada formación en todas las etapas de la vida, de Misionera de Santa Teresita.
Conscientes, de que las mejores condiciones para la formación son las exigencias de la verdad, hacemos un llamado cariñoso a fortalecer este camino de la formación, desde los cimientos de la verdad en todo.
Hoy el mundo odia la profundidad y no asume las exigencias que trae consigo. Con facilidad se cae en un ambiente irreflexivo, ligero, agitado, pasamos fácilmente sobre las cosas, sin desentrañarlas en su esencia verdadera, por eso, en la formación se ha de buscar y cincelar en cada alma, franqueza y rectitud, buen sentido, generosidad, desprendimiento de corazón, humildad verdadera, calidad de conciencia, amor desbordante por las almas, paciencia a toda prueba, es decir, buscar y dar una formación con conciencia serena, que sabe esperar el mañana.
Para hacerle frente a los retos que nos plantea el mundo de hoy, nos tenemos que dejar interpelar continuamente por la palabra revelada y por los signos de los tiempos. (V.C.81).
¿Qué retos nos deja esta Asamblea Capitular?
AGRADECIMIENTOS
Dios es nuestra roca y salvación, a Él, gratitud eterna porque nos ha asistido con su Divino Espíritu y hemos podido cumplir la tarea que se nos confió (Salmo 62,3)
Bendiciones y parabienes a toda la Congregación por este Capitular que hemos vivido; por esta Asamblea Capitular general, con la que hoy iniciamos una nueva página en la historia del Instituto.
Gracias y bendiciones a todas y a cada una de nuestras hermanas que desde los diferentes lugares nos acompañaron con sus oraciones, sus voces de estímulo y adhesión y sus mensajes esperanzadores.
Gracias infinitas a Dios que nos ha permitido realizar desde su corazón de Padre Bueno, este trabajo que hoy sellamos con la satisfacción del deber cumplido.
Nuestra Madre del Cielo, la Santísima Virgen Inmaculada y nuestros Patronos, nos bendigan y el Amado Fundador continúe mirando con complacencia desde el cielo, la realización de sus sueños misioneros.
Con afecto fraterno, sus Hermanas Capitulares.