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En el marco de de la fiesta de los santos y de los difuntos.
Tres capítulos fundamentales:
1. La vida el valor inestimable de la vida humana, que es objeto para cada uno de cuidarla,
de realizarla y de plenificarla más allá de la temporalidad. Esa vida humana desde el vientre de
la madre, desde el primer instante de la concepción, ya tenemos el mapa genético, que
determina las potencialidades a desarrollar ulteriormente, y al mismo tiempo tiene las
debilidades y las fortalezas de lo que será para nosotros el desarrollo biológico de nuestra
condición individualizada. El hombre de hoy ha perdido aceleradamente el valor de vida
humana, la vida humana no vale, está sujeta al dinero, al narcotráfico, al facilismo, etc,. Y esto
toca también la vida religiosa, el malgastar la vida, en un sinsentido para muchos, no da
espacios para darla y entregarla en la consagración religiosa. Cuantas mamás y papás quieren
todo para sus hijos, no les importa el desorden moral, humano en el que se encuentran,
menos religiosa y sacerdote. Me ha tocado ver el suicidio tan cerca de seminaristas,
sacerdotes y religiosas, que aunque no tienen grandes problemas y grandes desequilibrios, no
tienen la fuerza para enfrentar la vida y vivirla con tenacidad y con sacrificio.
2. La salud es el segundo capítulo en la persona humana, unos tienen salud toda la vida,
otros pierden la salud, en el vientre materno, en la niñez, en la juventud, en la adultez, o en la
ancianidad. La diversidad de enfermedad, hoy más que en ninguna época el hombre padece la
enfermedad, con esperanzas de sanación. Las enfermedades nos postran, hay algunas y
algunos que se quejan demasiados, siempre están enfermos, siempre están regular, su estado
de ánimo, siempre pobre repercute directamente en la vida fraterna. No se sabe asumir el
sufrimiento, no se sabe asociarlo a la cruz de Cristo, se resisten a un ambiente de oración que
permita hacer de la enfermedad y del sufrimiento un camino de ofrecimiento por sí mismo, y
por la comunidad, por los hombres y mujeres pecadores. etc., La salud hace perder la unidad
corporativa, la unidad física del cuerpo, por eso no hay dolor pequeño, a cada uno lo aflige, lo
aminora y en tantos casos pone en peligro la vida aunque no sea de gravedad. La falta de
salud, hace perder en tantos momentos el ardor vocacional, la entrega de la vida. La fuerza
del testimonio, y la grandeza del misterio que nos mueve desde dentro para hacer visible el
amor de Cristo y el que debemos a los demás.
3. La Muerte: siempre quisiéramos ser espectadores de nuestra propia muerte, quisiéramos
ser narradores del último acontecimiento de la vida, la muerte. Morir, es drama que no gusta,
que quisiéramos superar sin mayores traumatismos, morir sin hacer mucho aspaviento,
morirnos de noche sin que nos demos cuenta, morirnos para irnos sin dolor, sin postración, sin
angustia, morirnos, como cada cual desea. Pero esa muerte tan inesperada, nos hace morir,
de un accidente, de una enfermedad, de un infarto, para morir no hay como, pero
inevitablemente tenemos que morir.
Última etapa de la vida, un drama más universal que la vida misma, porque muchos mueren
sin haber nacido, es hoy la muerte en un tratamiento cultural diferente, con referentes
culturales diversos, todos valiosos, porque al fin al cabo expresan sus creencias, y su valores
inmanentes y trascendentes. Vemos los cementerios como lugares diferentes, las tumbas
son expresiones alusivas a las ideologías humanas, a los clubes, antes los hombres esperaban
que en la tumba hubiera una alusión religiosa, hoy cuenta las aficiones el futbol, vemos actos
fúnebres, llenos de cantantes profanos, aquel espíritu religioso se ha perdido, porque se ha
perdido el referente de Dios, ya la gente muere y ante la muerte manifiesta pésames
distintos, con lenguajes del mundo, Tranquilo que su mamá está bailando en el cielo, que su
papá está tocando el arpa etc. Tranquilo que la eternidad es una fiesta vallenata, esta con
Dios, narrando cuentos, leyendo lo que ha escrito aquí. La Muerte está marcada fundamentalmente por la conducta de las personas, no podemos desligar
una vida de la muerte, por el contrario entender la vida y la muerte desde la mirada personal y desde
la mirada social. Entender la muerte es más grande que entender la vida, porque los grandes
interrogantes que el hombre se hace sobre la muerte, qué sigue después de la muerte, a dónde van
las almas de los seres queridos, si hay habrá eternidad, si vale la pena la fe, interrogantes que
responde cada uno cuando se muerte, pero que desde ya responde la Fe, la revelación, ha ido
mostrando lentamente la doctrina de la retribución, revelándonos poco a poco el misterio que toca el
umbral de la eternidad.
El religioso es un ser personal y también social, quien puede desprenderse de esa doble realidad que
mira tan hondamente nuestra propia realidad de ser: somos historia, acontecimientos, sucesos,
somos vida, relaciones, pero también somos muerte. Debilidad, fracaso, término. San Pablo mismo
va a decir este cuerpo mortal en que acampamos se desvanece, pero aparecerá un cuerpo espiritual y
santo.
Es la parte personal, interior, la relación del hombre consigo mismo, y con Dios, es lo que hemos
llamado tantas veces fuero interno, ese fuero interno que toca tan íntimamente la persona y que pasa
la vida y otros no nos conocen y aun más no nos conocemos.
a. La Conciencia. Como ese sagrario maravilloso en el que el hombre se encuentra a solas con
Dios y cuya voz resuena en lo más íntimo de aquella, es allá donde discernimos el bien y el mal, allá es
donde está el árbol de la ciencia del bien y del mal. Es el mismo del paraíso que tantas veces hemos
hecho alusión y que no es más que el principio universal de hacer el bien y evitar el mal.
b. Es allá donde se ubica la opción fundamental que orienta nuestra vida, en la consecución de la
felicidad alcanzando la alegría de haber vivido en armonía entre lo interior y exterior, entre los
deseos, sueños, esperanzas, y las realidades que mueven la existencia.
c. Es interiormente donde se ubica la voluntad y la libertad manifestadas en las acciones de
nuestra vida, que nos revelan desde dentro lo que tenemos.
d. Es en lo profundo de nosotros mismos donde nos encontramos a solas con Dios, cada uno tiene
esa experiencia única, irrepetible, desde donde saca toda la fuerza para la vida, el mantenernos hasta
el final como religiosas o religiosos, no es meramente la fuerza humana, los deseos de cada uno no
son suficientes para llegar hasta el final. Recordemos cada uno, las situaciones vividas, los momentos
de crisis, aquellas circunstancias donde hubiéramos querido salir corriendo, porque no nos
entendimos con el superior, con la madre, quizás las propuestas de afuera eran mejores, y sin
embargo aquí estamos, hemos tenido fidelidad.
e. En la vida ha tenido sentido la pobreza, sin apegos a las cosas del mundo, al dinero, a las
comodidades, y hemos vivido con entrega a los necesitados y a sus necesidades.
f. Hemos asumido la obediencia con la disposición de estos años, sin condiciones, sin exigencias,
hemos estado como dice el prefacio, en la variedad de climas, cultivos y paisajes y allí hemos tenido
la maravilla de la creación para contemplar la grandeza de Dios, cada episodio de la vida en esos
lugares ha sido providencia de Dios, mirada de Dios sobre nosotros.
g. La vida religiosa marcada con el sello imborrable de la virginidad y de la castidad, como
decisión, entrega al Señor, como experiencia de no dividir el corazón con afectos particulares, ni
aferrarnos a sentimientos y afectos que nos hacen perder el sentido de la vida y de la trascendencia.
h. Hemos visto, cercana la muerte de religiosas en nuestras casas, una muerte santa, y otras con el
dolor de no haber alcanzado la santidad de vida.
Con todos estos elementos imposibles desaparecer a la hora de la muerte, con esta vida religiosa, tan
llena de satisfacciones, de identidad con la palabra, con el evangelio, con Cristo, después de una vida
piadosa, llena de oración y un trabajo pastoral en el cual se ha entregado la vida, como pensar en
desaparecer, NO, POR EL CONTRARIO, la vida sigue vida, la muerte es apenas la confirmación del paso por el mundo. Es apenas un instante, que no es el drama del hombre
mundano, donde la muerte es olvido, es oscuridad, rigidez, sombras, desaparición.
Pero también la muerte tiene que ver con los demás, afecta la muerte propia, al otro, a la mamá, al
papá etc. A nuestros amigos, la muerte toca la medula de cada uno de nosotros, no la podemos
experimentar en otro, sino en cada cuerpo, en cada uno.
La muerte tiene un lenguaje, de violencia, de soledad, de abandono, de ideología, de religión, y de
cultura.
Nadie nos recordará en el tiempo, las instituciones pierden la memoria de los que no fueron santos, la
memoria de las instituciones está marcada por la santidad de la persona, esa deja huella, esa deja
misterio impregnado en la relación con los demás, esa deja el amor que mueve la razón y el sentido
de haber vivido.
La muerte requiere de santidad de vida, para trascender, morir para seguir viviendo, morir para vivir
es nuevo en la fe cristiana que durante toda la historia de la salvación ha hecho un camino con la
doctrina de la iglesia.
Cómo queremos morir, cual es la muerte deseada, para muchos una muerte sin darnos cuenta, pero
que perdemos, la posibilidad de hacer el último acto de fe, de esperanza, perdemos la posibilidad de
la despedida en el amor. La muerte repentina no tiene la purificación que tiene la muerte esperada,
sufrida, postrada. Ni piensen que les digo que esta es la mejor, el dolor, el sufrimiento y la postración
trae el sufrimiento moral, de dependencias y de desmoronamiento ante la sombre de la muerte,
pero, una muerte cristiana, debe ser asociada a la cruz de Cristo, a su muerte para que tenga sentido,
para que tenga eternidad, para que tenga vida.
Cristo muere con todos los condicionamientos de la condición humana, el dolor, el sufrimiento, la
traición, las negaciones, la soledad, la cruz, la infamia del inocente condenado a la muerte y muerte
de cruz, la turba que grita su condena, la tristeza de una madre que contempla la muerte de su hijo.
La Palabra del maestro aparta de mí este cáliz, pero no se haga mi voluntad sino la tuya, Dios mío,
Dios mío porque me has desamparado, LA MUERTE DE JESÚS ES HUMANA, COMO LA QUE
TENDREMOS CADA UNO DE NOSOTROS, Y FINALMENTE UN FUERTE GRIPO “Todo está
consumado” y Expiró.
ALGUNOS EJEMPLOS DE TESTAMENTOS: CUYAS PALABRAS MUESTRAN LA
ESPIRITUALIDAD QUE LOS MOVIÓ EN LA VIDA TEMPORAL.
1. El de sus santos y santas fundadores.
2. Cardenal Silva: Mi palabra al final es una palabra de Amor, He buscado a lo largo de
mi vida entrañablemente al señor, a él lo conocí desde niño, y ahora al final quiero
adorarlo por toda la eternidad.
3. Juan Pablo I. Mi testamento como vida es simple: Mi humildad es el testamento que
os dejo.
4. Pablo VI. Ruego a Dios que me de la gracia de hacer de mi muerte próxima don de
amor para la iglesia, puedo decir que siempre la he amado, y la he servido, en este
testamento le digo a la iglesia como últimas palabras: Iglesia Camina pobre, libre, fuerte y
amorosa hacia Cristo.
5. Mi testamento es el amor, que prodigue en la vida temporal y además mi humildad
en el servicio, hice todos los oficios humildes, y allí encontré la grandeza del creador.
6. Mi testamento es mi vida religiosa donada a los demás, las obras grandes y pequeñas
que hice quedarán plasmadas en una placa de agradecimiento, pero lo que hablará de mi,
será la justicia, la caridad, la verdad, la paz pude haber construido en el corto laxo de mi
existencia temporal.
7. Los epitafios, fueron y serán siempre una expresión de los convicciones de las
personas, cargados de sentimientos, y tantas veces expresión de cómo haya vivido la vida.
Aquí yace…… Aquí terminan las vanidades y orgullos de la vida. Aquí se inicia el camino de
lo eterno. “Dejar este pícaro mundo es lo mejor que me ha pasado”, rezada así un epitafio
de una tumba.
8. Hermanas: hoy es el tiempo de morir, hoy en el presente de Dios, donde hemos
decidido la vida por Cristo, nuestra muerte será inició de eternidad, de contemplación
gloriosa de Dios, será inicio de lo sublime, de lo esperado, de lo creído, por tantos años,
quien podrá arrebatarnos lo que desde la profesión religiosa, o desde la ordenación
sacerdotal hemos querido optar, nosotros tenemos anticipadamente el reino de Dios, ya
aquí tenemos que morir, para resucitar.
9. Hermanas cuál será mi testamento, sino es conforme a la vida, a la consagración, a
las convicciones que puedo tener en el presente glorioso de Jesús que mueve y anima mi
vida a lo eterno, anticipándome la participación en la Eucaristía.
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